Los últimos monjes de Monfero: la historia que inspiró el comienzo de OBLEA

Seis años antes del comienzo de OBLEA, un reducido grupo de religiosos llegó a al monasterio que llevaba décadas abandonado. Su intento de recuperar la vida cisterciense, amenazado por la ruina y una epidemia de viruela, dejó tras de sí una historia tan desconocida como inquietante.

X. M. FERRO FORMOSO

8/1/20267 min leer

El 27 de febrero de 1882, fray Manuel Antonio Díez llegó a Pontedeume acompañado por cinco novicios. Su destino se encontraba a más de veinte kilómetros, en un pequeño valle del interior de la comarca del Eume: el antiguo monasterio de Santa María de Monfero.

Habían transcurrido casi cuarenta y siete años desde la exclaustración definitiva de los monjes. Durante ese tiempo, buena parte de las dependencias monásticas había quedado expuesta al abandono, al expolio y a la lluvia. Aun así, aquel reducido grupo pretendía devolver al viejo cenobio la vida religiosa que había perdido en 1835.

La tentativa duró poco y estuvo rodeada de dificultades. Una de ellas resultaría especialmente inquietante: la viruela se extendía por la comarca del Eume y la muerte llegaba casi a diario hasta la iglesia del monasterio.

En ese episodio histórico, escasamente conocido, se encuentra una de las semillas de los primeros capítulos de OBLEA.

La historia de Monfero se remontaba entonces más de siete siglos. Aunque existen referencias a posibles precedentes altomedievales, la fundación o restauración del monasterio que conocemos suele situarse en la década de 1130, vinculada a los nobles Alfonso Bermúdez y Pedro Osorio. Su trayectoria medieval presenta todavía algunas discrepancias cronológicas, pero el cenobio acabó incorporado a la orden del Císter y estrechamente relacionado con el monasterio de Sobrado.

Durante siglos, Santa María de Monfero acumuló tierras, rentas y derechos sobre un territorio muy extenso. Su poder provocó disputas con los habitantes de sus dominios y con algunos de los principales linajes nobiliarios de la comarca, entre ellos los Andrade. Paradójicamente, varios miembros de esta familia terminaron enterrados en la iglesia monástica y sus sepulcros todavía pueden contemplarse en el interior del templo.

La mayor parte del conjunto que ha llegado hasta nuestros días corresponde a la gran renovación emprendida entre los siglos XVI y XVIII. De aquella etapa proceden los claustros, las principales dependencias y la enorme iglesia barroca, iniciada en el siglo XVII. Su fachada, construida mediante la alternancia de granito y pizarra, convirtió el ajedrezado de Monfero en una de las imágenes más reconocibles del patrimonio gallego.

Pero el esplendor arquitectónico escondía una fragilidad creciente. Las dificultades económicas, los conflictos por las rentas y la inestabilidad política del primer tercio del siglo XIX precipitaron el final de la comunidad. Los monjes tuvieron que abandonar el monasterio en 1820 y regresaron después durante un breve periodo. La exclaustración definitiva llegó en agosto de 1835.

A partir de entonces comenzó un largo proceso de desmantelamiento. Desaparecieron libros, documentos, muebles y objetos litúrgicos. En 1854, ante el deterioro y los robos, el arzobispo de Santiago dispuso que varios retablos y bienes de la iglesia se distribuyesen entre parroquias próximas. Cuando Antonio Díez y sus novicios llegaron en 1882, no encontraron una abadía detenida en el tiempo, sino un edificio que llevaba décadas perdiendo todo aquello que lo había hecho habitable.

Rodrigo Pardo y la promesa de devolver la vida a Monfero

El principal impulsor de la restauración fue Rodrigo Pardo González, un vecino de Pontedeume nacido en Santa María de Doroña en 1833. Había emigrado a Cuba cuando era adolescente y, tras regresar a Galicia, puso en marcha una fábrica de curtidos.

Su vinculación con Monfero nació, según la historia recogida por fray Damián Yáñez Neira, de una experiencia al borde de la muerte. Durante una travesía marítima entre Pontedeume y A Coruña, la embarcación en la que viajaba naufragó cerca de la Marola. Rodrigo Pardo invocó entonces a la Virgen de la Cela, venerada en Monfero, y logró sobrevivir. Convencido de haber recibido su protección, se propuso trabajar para que el monasterio volviese a abrir sus puertas.

No fue una empresa sencilla. El cardenal Miguel Payá y Rico había promovido hacia 1880 otro proyecto para establecer allí una misión, pero la iniciativa no llegó a consolidarse. Rodrigo Pardo continuó realizando gestiones y aportando ayuda material hasta conseguir que Antonio Díez y los cinco novicios emprendiesen el camino hacia Monfero.

El 28 de febrero de 1882, los jóvenes salieron de Pontedeume hacia el monasterio. Antonio Díez se reunió con ellos unos días después y el 7 de marzo tomó posesión del establecimiento acompañado por el párroco de Pontedeume, Celestino Pazos, y por el propio Rodrigo Pardo.

El regreso de los monjes despertó una inesperada expectación. Varios muchachos de Pontedeume quisieron incorporarse a la comunidad: cuatro marcharon a Monfero el mismo día de la toma de posesión y otros tres lo hicieron después. Hubo que impedir nuevas incorporaciones porque Antonio Díez carecía de ayuda para atenderlos y en el edificio no existían dormitorios suficientes que permitiesen alojarlos adecuadamente.

El viejo monasterio volvía a tener habitantes, pero no estaba preparado para recibirlos.

Una comunidad precaria entre las ruinas

Según las noticias recogidas posteriormente por Antonio Couceiro Freijomil, la naciente comunidad disponía de algunos recursos materiales, pero vivía de manera precaria y poco confortable. Las dimensiones monumentales del conjunto no se traducían en espacios habitables. La humedad, las cubiertas deterioradas y la falta de dependencias acondicionadas convertían la vida cotidiana en una lucha contra el propio edificio.

A esas dificultades se añadía la atención de la parroquia, encomendada al responsable de la comunidad. Para Antonio Díez aquella obligación no constituía una ayuda, sino un obstáculo que impedía aislar a los religiosos y organizar la vida monástica como deseaba.

Esta situación resulta esencial para comprender el último Monfero habitado. No era ya la gran abadía que había administrado tierras y rentas durante siglos, pero tampoco se había convertido todavía en la ruina silenciosa del siglo XX. Era un espacio intermedio: una iglesia todavía abierta al culto, unas dependencias medio desmanteladas y un pequeño grupo de hombres intentando recuperar una forma de vida desaparecida casi medio siglo antes.

Entonces llegó la viruela.

La muerte entraba por la iglesia

El 16 de marzo de 1882, solo nueve días después de tomar posesión del monasterio, Antonio Díez escribió una carta a Rodrigo Pardo. El documento transmite una inquietud que va mucho más allá de las incomodidades materiales.

La viruela golpeaba con fuerza la zona. Los fallecidos eran conducidos a la iglesia de Monfero para recibir sepultura y el religioso observaba con temor aquella sucesión de entierros: «raro es el día que no se presentan dos féretros en esta desmantelada iglesia».

La comunidad contaba ya con catorce miembros. Antonio Díez temía que el contagio atravesase los muros y lamentaba no poder cerrar el monasterio al exterior debido a sus obligaciones parroquiales. Su carta revela también la incertidumbre con la que todavía se experimentaba la enfermedad: no sabía si la causa de la muerte se encontraba en el aire, en el agua o en los alimentos.

En 1882 ya se habían producido avances decisivos en el conocimiento y la prevención de la viruela. La vacunación se había extendido desde comienzos del siglo XIX, pero su aplicación era desigual y muchas comunidades rurales continuaban sufriendo brotes con una elevada mortalidad. Además, las ideas científicas convivían con explicaciones anteriores sobre los miasmas, la corrupción del aire y la influencia del entorno.

La carta de Antonio Díez captura precisamente ese momento de transición. El prior no habla desde la seguridad de quien conoce la causa y la forma de transmisión de la enfermedad, sino desde el miedo de quien se siente rodeado por una amenaza invisible. Los féretros atraviesan una iglesia desmantelada; fuera de sus puertas crece la epidemia y, dentro, catorce religiosos comparten unas dependencias que apenas pueden considerarse habitables.

¿Cuánto duró la última comunidad?

Las fuentes no ofrecen una respuesta completamente uniforme. Couceiro Freijomil presenta la experiencia de Antonio Díez como un intento que se malogró pronto debido a la precariedad, el estado de las instalaciones y la epidemia. Otros estudios sitúan los esfuerzos de Rodrigo Pardo por mantener una comunidad cisterciense en Monfero dentro de un periodo más amplio, comprendido entre 1882 y 1893.

Esto no permite afirmar, sin nuevos testimonios, que una comunidad estable y con la misma composición permaneciese allí de manera ininterrumpida durante once años. Es posible que el primer grupo se redujese rápidamente, que algunos religiosos continuasen durante un tiempo o que se sucediesen distintas tentativas de restauración. Sí sabemos que Rodrigo Pardo no abandonó fácilmente su propósito y que siguió llamando a distintas puertas para conseguir la recuperación religiosa del monasterio.

Ninguno de aquellos esfuerzos logró restablecer definitivamente la vida cisterciense. Monfero quedó abandonado y entró en el siglo XX convertido en un conjunto monumental cada vez más deteriorado. Fue declarado monumento histórico-artístico en 1931, pero la protección legal no detuvo inmediatamente su ruina. Décadas más tarde llegaron las primeras intervenciones de consolidación y restauración.

Del Antonio Díez histórico al prior de OBLEA

OBLEA comienza en 1888, seis años después de la llegada documentada de Antonio Díez y los primeros novicios. La novela parte de aquel episodio real, pero no pretende reproducirlo como una crónica.

En la ficción, Antonio Díez se convierte en el prior de una comunidad que la viruela ha reducido a solo tres religiosos. La amenaza que en marzo de 1882 todavía se encontraba a las puertas del monasterio ha penetrado en él y ha acabado con casi todos sus habitantes. La novela imagina, de este modo, que los temores expresados por el verdadero Antonio Díez terminaron cumpliéndose de la peor manera.

La cronología, la composición de la comunidad y los acontecimientos que se desarrollan a partir de ese momento pertenecen al territorio de la ficción. Sin embargo, el punto de partida es histórico: hubo un Antonio Díez; llegó a Monfero para restaurar la vida monástica; reunió a una pequeña comunidad entre las ruinas y contempló con temor cómo la viruela llenaba de féretros la iglesia que intentaba recuperar.

Esa frontera entre realidad y creación explica buena parte de la atmósfera inicial de OBLEA. El monasterio no actúa únicamente como escenario. Su propia historia —el esplendor perdido, la exclaustración, el expolio y el intento fallido de volver a habitarlo— lo convierte en un lugar suspendido entre la vida y la muerte.

Monfero después de sus últimos monjes

El monasterio ha sobrevivido a sus comunidades, a los conflictos, a los rayos, al abandono y a varios proyectos que nunca llegaron a completarse. La iglesia conserva su poderosa fachada ajedrezada, la gran cúpula y los sepulcros de los Andrade. A su alrededor, los claustros y dependencias permiten todavía imaginar la escala de la vida cotidiana que un día albergó el conjunto.

Pero entre todas las etapas de su historia, pocas resultan tan humanas y tan desconocidas como la de aquellos jóvenes que llegaron en 1882. No encontraron la solemnidad intacta de una antigua abadía, sino frío, humedad, habitaciones insuficientes y una enfermedad que avanzaba por la comarca. Su intento no consiguió devolver Monfero al pasado, pero dejó una última página de vida entre sus muros.

Más de un siglo después, esa página sirvió para abrir otra historia: la de OBLEA.

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