La moura del Eume: del mito popular a OBLEA

Piedras encantadas, tesoros, mujeres transparentes y ciudades sumergidas: las leyendas del Eume con las que se construye la moura de OBLEA.

EDITORIAL

8/5/20268 min leer

La figura mitológica de la moura en el folclore de Galicia y Portugal, se describe como una doncella encantada de gran belleza que habita cerca de fuentes, ríos, cuevas, castros y dólmenes, donde suele custodiar tesoros antiguos. En algunos lugares es una joven condenada a vivir dentro de una piedra. En otros, una mujer de extraordinaria belleza que se peina con un peine de oro. Puede transformarse en serpiente, aparecer durante la noche de San Juan o someter a una prueba a quien se cruza en su camino. A veces espera que un hombre rompa su encantamiento. Otras veces es mejor no acercarse a ella.

Todas son mouras y, sin embargo, ninguna cuenta exactamente la misma historia.

Esa variedad es precisamente el punto de partida de OBLEA. Ferro Formoso no toma una leyenda concreta y se limita a reproducirla. Reúne relatos procedentes de distintos lugares, los compara, descubre los vínculos que existen entre ellos y utiliza sus motivos para construir una moura propia: reconocible para quien conozca la tradición gallega, pero adaptada al misterio que se desarrolla en las Fragas do Eume.

Para descubrir cómo nació esa criatura hay que adentrarse en las tradiciones del Eume, escuchar las historias que aún parecen resonar entre sus piedras y sumergirse en una ciudad desaparecida en la ría de Ares.

Una mujer que habita bajo las piedras

Los mouros y las mouras de las leyendas gallegas no son los musulmanes históricos que ocuparon parte de la península ibérica. Pertenecen a un tiempo anterior e impreciso, situado fuera de la historia conocida. Son los habitantes de aquello que ya estaba allí desde siempre: los castros, las mámoas, las cuevas, las fuentes y las grandes peñas cuyo origen nadie podía explicar.

La imaginación popular convirtió esos lugares en entradas a otro mundo. Bajo tierra, los mouros poseían palacios, herramientas y animales de oro. Las mouras aparecían junto a las piedras y las fuentes, hilaban, cantaban, lavaban sus cabellos o mostraban tesoros. No eran fantasmas ni mujeres corrientes, pero tampoco demonios en un sentido estricto. Podían ayudar o castigar, enamorar o destruir. Su comportamiento dependía de la historia y, sobre todo, de la respuesta de la persona que se encontrase con ellas.

La piedra es casi siempre el centro del relato. Puede servir de casa, cárcel, puerta o cuerpo petrificado. La moura vive debajo de ella, duerme en su interior o permanece convertida en roca hasta que llega la noche indicada. El paisaje deja así de ser un decorado: cada peña puede guardar una memoria y cada grieta, una entrada.

En OBLEA, una anciana lo explica de este modo: la moura vive en aquellos montes desde hace cientos de años y mora bajo las piedras grandes, «allí donde la tierra guarda la memoria de los tiempos pasados». La frase no procede literalmente de una recogida oral, pero condensa con precisión la función del mito. La moura habita allí donde el territorio recuerda algo que los seres humanos ya han olvidado.

Las tres mujeres transparentes de Pontedeume

La variante más sorprendente que el autor Ferro Formoso construye en OBLEA se sitúa en la desembocadura del Eume, en la ría de Ares. Cuenta que, donde hoy se encuentra Pontedeume, existió antiguamente una ciudad rica y bulliciosa, protegida por una fortaleza levantada sobre el puerto.

Un día llegaron tres jóvenes de origen desconocido. Compraron un palacio, se instalaron con criados y comenzaron a organizar fiestas y banquetes. Eran hermosas, ricas y prácticamente transparentes: cuando bebían, podía verse el vino descendiendo por sus gargantas.

Soldados y oficiales competían por sentarse a su mesa. Algunos abandonaban sus puestos; otros reñían o se batían en duelo. La guarnición fue debilitándose hasta poner en peligro la seguridad de toda la ciudad.

Las autoridades pidieron ayuda a un viejo ermitaño. Este comprendió que ya era demasiado tarde y les ordenó permanecer aquella noche en la fortaleza. A medianoche se desató un temporal. El viento arrancó cubiertas y piedras, la tierra tembló y una ola gigantesca cubrió las calles. Al amanecer, la ciudad había desaparecido bajo el mar. Solo la fortaleza seguía en pie.

La historia parece una antigua leyenda de Pontedeume, pero su recorrido es mucho más complejo. La versión gallega fue recreada por Xosé Miranda y publicada junto con Antonio Reigosa en A flor da auga. Su origen declarado se encuentra en una obra de Jean Markale sobre los relatos de los países celtas, aunque no se conocen informantes que permitan considerarla una recogida oral eumesa.

Sus paralelos conducen a Bretaña. Allí existen relatos sobre ciudades tragadas por el mar, entre ellas la célebre Ys, y también sobre poblaciones habitadas por mujeres transparentes. En la localidad francesa de Trois-Demoiselles se hablaba precisamente de tres jóvenes cuya piel era tan fina que permitía ver el vino al pasar por su garganta.

En algún momento, esos materiales cruzaron el mar. La ciudad sumergida fue trasladada a la desembocadura del Eume y la fortaleza se relacionó con la antigua Ardóbriga, que algunas hipótesis situaron en un castro de Centroña. El relato bretón adquirió así un paisaje gallego.

Lejos de restarle valor, este viaje revela cómo se forman muchas leyendas. Las historias no permanecen encerradas en el lugar donde nacieron. Se desplazan con los libros, los viajeros y los narradores; encuentran un paisaje semejante y echan nuevas raíces. La leyenda de las mujeres transparentes no solo habla de una ciudad desaparecida: su propia historia es también la de una migración.

De Pontedeume a las Fragas do Eume

OBLEA toma esa narración y añade el eslabón que necesitaba para integrarla en la novela. En la versión publicada, las tres doncellas desaparecen junto con la ciudad. En la ficción, una de ellas consigue alcanzar tierra firme y refugiarse en las Fragas do Eume. Allí queda encantada y, con el paso de los siglos, se convierte en la moura de la que hablan los habitantes de la comarca.

La modificación es pequeña en extensión, pero enorme en sus consecuencias. Ferro Formoso no se limita a trasladar la leyenda al argumento: le da una continuación. Convierte a la mujer superviviente en el puente entre una catástrofe remota y los sucesos ocurridos en 1888. La moura no aparece de la nada; posee un origen, una derrota y una razón para permanecer ligada al territorio.

La construcción se realiza por capas. De las mujeres transparentes procede la belleza sobrenatural y la capacidad para trastornar a los hombres. De las ciudades sumergidas, un pasado destruido que solo sobrevive en la memoria. A estos motivos se suman otros profundamente arraigados en el imaginario de las mouras: el encantamiento, la relación con las piedras y la espera de una liberación que nunca llega. La novela añade además un ritual de sangre, una sucesión de víctimas y la búsqueda de un cuerpo que permita a la moura recuperar definitivamente la libertad.

El resultado no pertenece por completo a ninguna de las leyendas originales, pero conserva algo de todas ellas. Esa es una de las claves de su eficacia: el lector siente que ya conoce a la criatura, aunque nunca haya escuchado exactamente esa historia.

Entre la fertilidad y la muerte

En otro pasaje de la novela, varias mujeres acuden a una piedra encantada en el lugar de A Cruz da Moa (A Capela) para pedir descendencia. Frotan sus partes íntimas contra ella y depositan prendas de ropa, monedas y velas con la esperanza de que la moura les conceda fertilidad.

La escena vuelve a reunir tradiciones distintas. En Galicia existen numerosas piedras asociadas a la concepción, el embarazo, el matrimonio o la curación. También son incontables las rocas relacionadas con mouros y mouras. No todas las piedras fecundantes están habitadas por una moura ni todas las mouras conceden hijos, pero ambos mundos comparten una concepción del paisaje en la que ciertas rocas concentran poderes y permiten entrar en contacto con lo extraordinario.

La fusión resulta especialmente adecuada porque la moura se mueve entre dos extremos: la vida y la muerte. Es una mujer joven relacionada con la fertilidad, el deseo y la riqueza, pero también una criatura que habita bajo tierra, permanece atrapada durante siglos y puede conducir al otro mundo. En ella, fecundidad y destrucción no son realidades opuestas, sino las dos caras de un mismo ciclo.

OBLEA convierte esa ambivalencia en el núcleo de su criatura. La misma figura a la que se pide el nacimiento de una nueva vida necesita arrebatar otras para liberarse. La protectora y la amenaza ocupan el mismo cuerpo.

La mujer a la que dejaron esperando

La novela ofrece también una explicación íntima para el encantamiento. La moura estuvo enamorada de un guerrero que marchó a combatir bajo las banderas de otro reino. Cuando terminó la guerra, él no regresó: se enamoró de una princesa y se casó con ella. La mujer abandonada quedó condenada a permanecer esperando.

De nuevo, el relato fantástico refleja una experiencia profundamente humana. Durante siglos, las guerras, las campañas militares y la emigración hicieron partir a los hombres y dejaron a muchas mujeres suspendidas en una espera sin certezas. Algunas recibieron una carta; otras, una noticia tardía; muchas no supieron nunca si debían seguir aguardando.

En OBLEA, esa ausencia no es un detalle aislado. La moura no es la única mujer cuya vida queda transformada por un hombre que se marcha y no regresa. La novela establece así un paralelismo discreto entre la figura mítica y otra historia humana que el lector solo comprenderá por completo al llegar al final.

No hace falta conocer esa correspondencia para seguir el misterio, pero sí para entender la profundidad de la construcción. La moura no funciona únicamente como sospechosa sobrenatural. También es una imagen del abandono, de la soledad y de lo que puede ocurrir cuando una espera se prolonga hasta deformar a quien espera.

Ver aquello que esperamos ver

Uno de los momentos más reveladores de OBLEA llega cuando un molinero asegura haber visto salir de una iglesia a la moura acompañada por un «demonio negro». La mujer tenía el rostro blanco, el cabello largo y una falda hasta los pies. Ambos se movían, según el testigo, como si flotasen sobre la hierba.

Lafontaine comienza a hacer preguntas. El supuesto demonio llevaba chaqueta y algo blanco alrededor del cuello. ¿Era realmente una criatura infernal o simplemente un hombre de piel oscura que el testigo no sabía reconocer?

La escena muestra cómo actúan las leyendas sobre la percepción. El molinero ve a la moura porque conoce de antemano su descripción. Todo aquello que encaja en el relato confirma su presencia; lo que no puede explicar se transforma en demonio. La creencia no surge después del avistamiento: ya estaba allí, preparada para darle sentido.

Ese juego entre lo sobrenatural y lo racional es fundamental en la novela. La tradición proporciona una explicación completa para los crímenes, pero Lafontaine obliga a mirar cada detalle de nuevo. El lector queda atrapado entre dos posibilidades: quizá la moura camine realmente por las fragas o quizá alguien haya aprendido a ocultarse detrás de su leyenda.

Una moura antigua y nueva

La moura de OBLEA no procede de una sola fuente. Está construida a partir de las tres doncellas transparentes de Pontedeume, las ciudades tragadas por el mar, las piedras vinculadas a la fertilidad y los motivos tradicionales del encantamiento y la liberación. Ferro Formoso selecciona esos elementos, establece relaciones entre ellos y añade otros necesarios para convertir el mito en argumento.

Por eso la criatura funciona al mismo tiempo como leyenda, sospechosa, símbolo y reflejo de otros personajes. Es sobrenatural, pero sus heridas son humanas. Pertenece a un pasado remoto, pero habla de experiencias reconocibles: el abandono, el deseo de libertad, la codicia, el miedo a lo diferente y la facilidad con la que creemos aquello que esperamos encontrar.

Las leyendas sobreviven porque nunca se cuentan dos veces de la misma manera. Cada generación conserva unas piezas, olvida otras y añade sus propios temores. OBLEA participa conscientemente de ese proceso: no reproduce la leyenda de la moura, sino que escribe una nueva variante.

Una variante nacida de muchas historias, arraigada en las tierras del Eume y construida para que, al internarnos en las fragas, volvamos a mirar con desconfianza las grandes piedras.

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