Cándida Pedreira, la viuda blanca

Emigración, abandono y soledad: el drama de las mujeres que se quedaron en Galicia convertido en personaje en OBLEA.

X. M. FERRO FORMOSO

8/7/20265 min leer

ATENCIÓN: este artículo revela aspectos importantes de la trama y del desenlace de OBLEA.

Al final de OBLEA, durante el juicio, Cándida Pedreira explica el momento en que comenzó todo:

«Mi traicionero esposo… Cuando llegué a La Habana, lo encontré paseando de la mano de otra. Una mulata joven. Reían. Como si yo ya no existiera. Como si todo lo nuestro se hubiera evaporado. Y supe que algo se había roto. Irremediablemente. Aquella noche comprendí que la rueda debía empezar a girar.

Le preparé un vino tibio, aromático. Canela, clavo, un amargor sutil. Lo bebió sin sospechar. Murió en calma. Nadie preguntó nada. El médico señaló a su corazón. Yo no lo contradije».

La confesión no pretende justificar el crimen. Cándida asesina a su marido y es responsable de sus actos. Pero comprender una motivación no significa absolver a quien actúa. La literatura puede adentrarse en la herida de un personaje sin presentar como legítima la violencia que nace de ella.

Detrás de la confesión de Cándida existe, además, una historia mucho más amplia que la suya: la de miles de mujeres gallegas que vieron partir a sus maridos hacia América y permanecieron durante años —a veces para siempre— al frente de la casa, los hijos, los mayores, las tierras y las deudas.

Fueron las viudas de la emigración. Rosalía de Castro les dio un nombre que ha atravesado el tiempo: las «viudas de los vivos».

En OBLEA, Cándida es una de ellas. Es la viuda blanca.

Las mujeres que se quedaron

La emigración gallega suele contarse desde el punto de vista de quienes partían. Hombres jóvenes que embarcaban hacia Cuba, Argentina, Uruguay o Brasil en busca de trabajo y de una vida mejor. El relato habla de la travesía, de la nostalgia, del éxito del indiano o del fracaso de quien regresaba sin nada.

Mucho menos se ha hablado de las mujeres que permanecían en tierra viendo desaparecer el barco en el horizonte. Pero la emigración tenía dos orillas. En una estaban los hombres que intentaban abrirse camino en América; en la otra, las mujeres que debían impedir que todo se derrumbase durante su ausencia.

No se limitaban a esperar. Trabajaban.

La marcha de los hombres reforzó la feminización del trabajo campesino. Las mujeres asumieron el cuidado de las tierras y del ganado, acudieron a las ferias, vendieron productos y administraron economías casi siempre precarias. A todo ello se sumaban las labores domésticas, la crianza de los hijos y el cuidado de las personas mayores.

La casa seguía en pie porque ellas la sostenían.

Sin embargo, asumir en la práctica la responsabilidad familiar no les concedía la misma libertad. La esposa debía guardar fidelidad, proteger el patrimonio y preservar su reputación. La comunidad vigilaba su comportamiento mientras el marido, a miles de kilómetros, podía iniciar una vida de la que ella apenas recibía noticias.

Muchos emigrantes enviaron dinero durante años y regresaron en cuanto pudieron. Otros, en cambio, dejaron de escribir o formaron otra familia en América. Sus esposas quedaban atrapadas en una espera sin certezas: no podían guardar luto porque quizá el marido continuase vivo, pero tampoco podían reconstruir libremente su vida porque seguían casadas.

Las viudas de los vivos

Rosalía de Castro comprendió que la emigración no podía explicarse mirando únicamente a quienes partían. En Follas novas, publicado en 1880, dedicó una de sus secciones a «Las viudas de los vivos y las viudas de los muertos».

«Viudas de vivos y muertos / a las que nadie consolará», escribió.

La emigración no suponía únicamente la ausencia de un marido. Alteraba los afectos, la organización familiar y el reparto del trabajo. La mujer debía actuar como cabeza de familia, pero sin recibir siempre el reconocimiento o la libertad correspondientes. Tenía que decidir, trabajar y resistir, mientras la sociedad le exigía paciencia y resignación.

Esta contradicción resulta esencial para comprender a Cándida. No es una mujer pasiva. Es inteligente, conoce las propiedades de las plantas y sabe actuar con determinación. Pero creció en un mundo que le enseñó que la virtud femenina consistía en soportar, esperar y callar.

La Habana: el final de la espera

La posición social de Cándida le permite hacer algo que muchas mujeres no pudieron: atravesar el océano para buscar a su marido. El viaje a La Habana rompe con la inmovilidad que le había sido impuesta. Ya no acepta más silencios ni noticias incompletas. Quiere conocer la verdad.

Lo que encuentra no es una explicación, sino una escena: su marido pasea de la mano de otra mujer. Ambos ríen. Él se comporta como si Cándida ya no existiese, como si el matrimonio, la casa compartida y los años de espera se hubiesen evaporado.

Para él, la emigración abrió una segunda vida. Para ella, significó la suspensión de su propia existencia.

En ese instante, Cándida comprende que la fidelidad que le habían exigido solo funcionaba en una dirección. Mientras ella conservaba el lugar del ausente, él había construido otro presente. Y entonces algo se rompe para siempre en su interior.

En lugar de marcharse o comenzar de nuevo, prepara un vino tibio con canela, clavo y un amargor que su marido no sabe identificar. El gesto doméstico de servir una bebida se convierte en un arma. El médico atribuye la muerte al corazón y Cándida guarda silencio.

Con ese primer asesinato deja de ser únicamente víctima del abandono y se convierte también en verdugo.

Comprender no es absolver

Cándida no representa literalmente a las viudas de los vivos. Es una deformación extrema y literaria de su experiencia. Hace aquello que la sociedad prohibía a las mujeres —negarse a aceptar el destino asignado—, pero su rebelión no busca libertad ni reparación, sino castigo.

El interés del personaje nace de esa contradicción. Podemos reconocer la injusticia que padeció sin disculpar aquello en lo que se convirtió. Podemos sentir compasión por la mujer abandonada y horror ante la asesina. Ambas son Cándida Pedreira.

Su historia dialoga también con la moura encantada de OBLEA. Según una de las versiones narradas en la novela y tal como recogíamos en el artículo anterior, la moura esperó a un guerrero que había partido a combatir y que nunca regresó porque se enamoró de otra mujer. El guerrero y el emigrante; la moura y Cándida: dos historias de abandono que terminan transformando la herida en amenaza.

La viuda blanca

Cándida no es viuda cuando su marido se marcha ni cuando forma otra pareja en La Habana. Sin embargo, antes de provocar su muerte ya vivía otra clase de viudez: la ausencia de un hombre que continuaba vivo y la desaparición de un matrimonio que solo seguía existiendo para ella.

Es una viuda blanca porque su duelo comienza antes de la muerte. Porque fue abandonada sin poder considerarse libre. Porque tuvo que guardar el lugar de un hombre que ya no pensaba regresar.

Pero su historia no debe ocultar la de las verdaderas protagonistas de este drama: las mujeres que cavaron, sembraron, criaron a sus hijos, cuidaron de los mayores y defendieron la casa mientras esperaban una carta o un regreso que podía no producirse nunca.

Ellas no fueron personajes secundarios de la emigración gallega. Fueron quienes mantuvieron el país en pie.

OBLEA convierte la herida de una de ellas en una ficción oscura. Cándida Pedreira no merece ser absuelta, pero su confesión obliga a recordar el mundo que la construyó. Porque detrás de la asesina está la mujer abandonada. Y detrás de esa mujer, una multitud de viudas de vivos a las que durante demasiado tiempo solo se les permitió esperar.

Sígueme y apóyame en Facebook

Descubre los secretos que iré desvelando sobre mis novelas.

Contacta

info@ferroformoso.com

+34 698 14 88 90

© 2025. Todos los derechos reservados.

Cuéntame tus ideas, o llámame para concertar una presentación de mi libro en tu pueblo o ciudad.